Notificación de visita

29.03.2017 11:47

    Lunes, 29 de marzo de 1954

La ciudad despertaba con un cielo despejado de nubes, con temperatura primaveral. La noticia principal del día, era el embarque a bordo del «Semiramis», de repatriados desde Rusia. Tenía prevista su arribada al puerto de Barcelona, el sábado día tres de abril, donde serán recibidos por familiares y autoridades civiles y militares.

Entre el total de los 248 voluntarios de la División Azul, llegaran también, cuatro jóvenes expatriados, durante la guerra civil española.

El «Semiramis», partió desde Estambul, pasando por el estrecho de los Dardanelos, por donde entrará en aguas del Mediterráneo.

Nada más descender del navío, todos los repatriados junto a sus familias, se desplazarán hasta la Basílica de la Merced, Patrona de la ciudad, situada en el barrio Gótico de la misma.

El subinspector Torres, fue llamado por el comisario de la comisaría de Hospitalet, con el fin de darle un aviso, antes de que entrara en su servicio de noche.

Se presentó en la Brigada, sobre las diecisiete horas y se dirigió directamente al despacho del comisario.

-              ¿Da su permiso Señor?

-              Pasa…, pasa por favor, tengo que darte este comunicado —le tendió un escrito.

Torres lo recogió y comenzó a leerlo.

-              ¡Siéntate…, no te quedes de pie!

-              Es… de la prisión Modelo —dijo—, «el Mula», solicita que vaya a visitarlo antes de su ejecución.

-              Sí, lo sé.

-              ¿Qué significa? —preguntó, un tanto confuso.

-              No se sabe. Los condenados a muerte, nunca piensan en que les llegará el momento de la ejecución.

-              Ya…, pero esta madrugada…, lo ejecutan, ¿no?

-              Sí, a partir de las cero horas, en cualquier momento.

-              No lo entiendo… ¿Qué querrá de mí?

-              Posiblemente…, persiga la concesión de la «gracia»

-              Pero…, si no lo han indultado.

-              No pero existe la posibilidad, que al que va a ser ejecutado, le condonen la pena, concediéndole la «gracia»

-              En todo caso, no debo ser yo quien la proponga —contestó Torres—, a mí, no llegó siquiera a herirme. Deberían ser las viudas a quienes solicitará ver.

-              Lo ha hecho… Se han negado a visitarle.

-              Lo entiendo. ¿Qué cree que debo hacer, comisario?

-              Depende de ti. No obstante yo iría. Se trata de la voluntad de alguien al que le quedan tan solo unas pocas horas de vida. Quizá… solo quiera hablar, disculparse, confesar algún otro crimen…, no lo sé.

-              Bien, pues con su permiso me retiro y voy a ver qué quiere decirme… «el Mula».