Viernes día 1 de enero 1954

01.03.2017 09:40

            

Viernes, 1 de enero de 1954.

Isidro, dame un beso hijo, me voy a trabajar. Cuida bien de tu hermano y de mamá, se obediente, recuerda que los Reyes Magos ahora, están pendientes vigilando como te comportas, ¿vale?

-          Sí, papá —dijo el Isidro, de tres años y medio de edad.

Juanito, antes de irse, fue a ver al pequeño Juan Jesús, que dormía plácidamente en su cuna, con apenas un año y unos pocos días de edad.

-          Ten cuidado vida, la delincuencia no entiende de fechas.

-          No te preocupes cherry, iré con cuidado.

Juan se despidió cariñosamente de su esposa, como solía hacer siempre, indefectiblemente.

Ella se quedó en la puerta del rellano de la escalera, viendo como su marido se despedía con el brazo en alto, descendiéndolas.

Juan Jesús Torres Rojas, había aprobado las oposiciones al Cuerpo General de Policía en el año 1949. Solicitó destino voluntario en Cataluña.

Conocía la ciudad de Barcelona, desde que participara en el 2º Encuentro de natación «España – Portugal», en el mes de agosto de 1945. Él, intervino como invitado del equipo de saltos de trampolín, representante de España, fuera de competición, con carácter de exhibición.

Quedó entonces encantado con la ciudad de Barcelona. Motivo por el cual, en el momento de solicitar destino, lo hizo para asentarse en ella.

Hasta entonces residían en Granada, ciudad donde contrajo matrimonio con María de las Mercedes, nieta de orfebres granadinos, familia de ferviente tradición devota de la Virgen de las Angustias, Patrona de la ciudad.

Particularmente a Mercedes, no le satisfizo demasiado la idea, pero sabía que Juanito, como llamaban familiarmente a su marido, estaba resuelto a iniciar su nueva etapa familiar, en Cataluña.

Antes de venir a su destino en Barcelona, contrajeron matrimonio en la Basílica de la Virgen de las Angustias, a cuyos pies, permanece y luce una ofrenda, en forma de media luna con un corazón central, todo ello de oro fundido, proveniente de una donación de los Fajardo, abuelo de la novia.

Ubicados ya en la ciudad Condal, encontraron un piso en la calle de San Antonio Mª Claret. Eran unos pisos, propiedad de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Barcelona, al que tuvieron acceso, gracias al hermano mayor de Juan Jesús, Luis, que estaba entonces de Comandante del ejército en la Residencia Militar, sita en la Avenida Diagonal.

Su primer destino fue en la comisaría de Hospitalet de Llobregat, situada en la Plaza del Repartidor.

Para desplazarse disponía de una combinación de autobuses, que en primer lugar, le dejaba en la Plaza de España y una vez allí, debía esperar otro autobús que le acercara hasta la comisaría.

Juan era de complexión atlética, medía un metro setenta, de unos sesenta y tres kilos de peso aproximadamente. Portaba un bigote cortado de forma, que su vértice superior, partía desde la nariz achatada y se dividía conforme descendía hacia ambos lados del labio superior, dibujando sobre éste, una delgada línea de pelos. La bifurcación, dejaba ver un triángulo libre de cabello entre medio. Dada su miopía portaba gafas de cristales gruesos, su tez era algo oblonga y peinaba según la moda de la época, hacia atrás y lacado.

Al entrar en comisaría, saludó, como siempre hacía, al Policía Armado de puerta, quien le contestó alzando la mano derecha hasta el lateral de su frente, como correspondía a su rango de Agente.

Se dirigió directamente a la planta primera, donde se encontraban los inspectores

es asignados a la Brigada Criminal, del Cuerpo General de Policía. Era momento del relevo, en el que se traspasaban la información ordinaria del servicio. Particularmente, cada uno se hacía cargo de aquellos casos afectos a su turno, por ello el traspaso, solía ser rápido y escueto. Tan solo lo concerniente a temas generales y si existía alguna novedad.

La superficie que ocupaba la Brigada era de unos ochenta metros cuadrados en su mayoría, diáfanos. Había un total de doce mesas, dispuestas en grupos de dos, de forma, que se unían permitiendo que cada pareja de inspectores estuvieran uno enfrente del otro. Cada una de ellas medía un metro ochenta por ochenta centímetros de ancho. Eran de metal con el sobre de madera, disponían de una máquina de escribir Olivetti, del modelo Lettera 22, de la última generación de la marca. Encima de las mesas, se amontonaban en unas, con más orden que en otras, expedientes de casos abiertos, papel carbón y folios en blanco.

Junto a las ventanas que daban a la plaza, se encontraba un pequeño despacho con cristales, pertenecía al comisario de servicio. Tendría unos quince metros cuadrados, todo el mobiliario austero, compuesto de mesa; sillón; dos sillas de madera y una estantería, en cuyo lado derecho, permanecía firme, un mástil con la bandera Nacional. Encima, centrado, colgaba una fotografía enmarcada del Jefe del Estado, El Generalísimo, don Francisco Franco Bahamonde.

Torres era un personaje querido por sus compañeros, dada su gran disposición a sacrificarse por bien del servicio y ayudar en todo momento en el que se requiriera su colaboración. Todo ello unido a su carácter alegre, dotado de una gracia especial, para contar chistes e historias imaginarias de humor, que siempre alegraba los momentos de asueto que mantenían en grupo. O encandilando a sus compañeros, con las historias que revivía de su juventud en los diferentes destinos que su padre, teniente Coronel del ejército, había tenido, desde Melilla, lugar donde nació él, pasando por Ceuta, y Larache (Al-'Araish), entonces español, y finalmente, Granada.

Una vez se hizo cargo con su compañero Juan Ramírez del servicio, se pusieron en su mesa, revisando los casos pendientes.

Sobre las once de la noche se recibía en la comisaría un teletipo, en el que se informaba sobre la muerte del general de Brigada, don Millán Astray, fundador de la Legión, después de varios meses de una penosa enfermedad. Causa oficial de la muerte; colapso cardiorrespiratorio. Se señalaron tres días de luto oficial, en señal de duelo.

Todos los funcionarios deberían, portar en el brazo izquierdo, un lazo de color negro o en las solapas del abrigo, durante tres días. Quedaban exentos de esa obligación, los inspectores de la Brigada, por razones obvias.

 

 

 

El Policía Armado y de Tráfico, Clemente López Vela, se encontraba realizando su ronda en la zona donde se iba a construir en breve, el nuevo estadio del futbol club Barcelona, entre la Casa de la Maternidad y el cementerio de Las Corts. Debido al movimiento de tierras y expropiaciones habidas en la zona, por las noches, se había convertido en lugar habitual de prostitutas y delincuentes, aunque por las fechas navideñas, la presencia de solitarios en busca de compañía, solía disminuir.

Durante el transcurso de su ronda, le pareció ver una pareja en actitud cariñosa, junto al Camino Bajo del Cementerio. Decidió acercarse para identificarlos. Si eran conocidos, actuaría, atendiendo las fechas en las que se ablanda un poco la rigidez de las normas.

La pareja estaba tan concentrada en sus «mimos», que no se percataron de la inmediata presencia del Policía Armado.

-          Buenas noches… —dijo a modo de saludo, llevándose la mano derecha hasta la visera de su gorra.

Los aludidos, se separaron nerviosamente.

-          Buenas noches, señor policía —contestaron los dos. Mientras ella, trataba de recomponerse la falda, él se subía los pantalones.

-          Quitándose el frío de la noche, eh.

-          No… Verá señor policía, María es mi mujer… pero comprenderá usted, tenemos la casa llena de familia ¿sabe…? las fiestas y todo eso…, usted ya me entiende…

-          Sí, claro, claro. No tendréis inconveniente en mostrarme vuestra documentación, ¿verdad?

-          No, señor policía, espere… la tengo aquí en el bolsillo de la chaqueta —dijo él.

-          Despacio, no quiero sorpresas. El agente desconfiaba de la actitud que mantenían, más de la mujer que del varón.

-          Sí, si descuide, no pasa nada. Aquí la tiene usted, señor policía.

Clemente tomó el documento nacional de identidad, con su mano izquierda, mientras mantenía la derecha cerca de la cartuchera.

-          ¿La tuya? —preguntó a la mujer.

-          Verá… señor policía, no he cogido mi bolso, hemos salido solo a…, y no me he acordado, además yo no tengo ese carnet —dijo refiriéndose al documento nacional de identidad.

-          Pero… tendrás la cédula personal al menos, ¿no?

-          Sí, eso sí lo tengo.

-          Bien… enséñamela —dijo el Agente.

-          No, no la llevo encima.

-          No aparentas más de veintiún años... Dices que estas casada con éste hombre.

-          Sí, así es.

-          No os mováis de ahí —Les dijo, mientras se retiraba hasta a una distancia prudencial, donde poder iluminar con la linterna, la documentación entregada por el inquirido.

Los dos amantes, se quedaron inquietos y expectantes.

-          No puede llevarnos a comisaría. Si se entera tu hermano de lo nuestro…

-          Tranquila, no hacíamos nada malo, solo nos acariciábamos.

-          Ya…, ya, eso explícaselo al gris ese.

-          No podemos echar a correr, no con mi documentación en sus manos. Comprobarían que salí en septiembre del talego y vendrían a tocarme las pelotas.

Vieron que el policía regresaba con la documentación en la mano.

-          Enrique Sánchez Roldán, me suena tu nombre, ¿es posible?

-          Sí, bueno verá… señor policía…, salí hace poco del Penal de Ocaña, pero ahora estoy limpio como una patena.

-          Tú eres… ¡«el Mula»!

-          Sí, así me apodan.

-          Vives por aquí, ¿verdad?

-          Sí, cerquita en la calle Llobregat, señor policía.

-          Creo que te he visto por la comisaría de Hospitalet en varias ocasiones.

-          Sí, me han detenido varias veces, pero ahora estoy limpio —insistió.

-          Tú —dijo mirando a María—, dices que no has cogido la documentación, para…

-          Echar un quiqui —se adelantó ella—, señor policía… comprenda usted, una casa chica, llena de viejos y niños, no es lo más predispuesto, para…

-          Sí, lo entiendo. Por ser las fechas que son, voy a ser tolerante, pero no puedo dejaros aquí sin antes comprobar tus datos —dijo mirando a la mujer—. Os acompaño a vuestra casa, como dices que está cerca, así veo la documentación y me dais un café calentito, con el frío que está haciendo hoy, me vendrá bien para entrar en calor. Vamos —dijo Clemente.

Enrique y María obedecieron sin mucho entusiasmo.

            Id vosotros delante, yo os acompaño por detrás.

Iniciaron la marcha, cuando llevaban a penas unos cincuenta metros recorridos, María se abrazó al cuello de Enrique.

-          No podemos dejar que suba a casa, ¡deshazte de él! —Le dijo al oído.

-          Vaya, siento haberos hecho perder la oportunidad —dijo sonriendo Clemente—, ya se os presentará otra, no desesperéis.

No hubo respuesta.

-          Tengo que mear, señor policía —dijo Enrique.

-          ¿No puedes esperar a llegar a tu casa?

-          No, necesito orinar ahora, por favor.

-          Sí, claro, siempre va bien después de…, esperamos aquí, no te alejes demasiado.

Enrique, se distanció unos metros de ellos, mientras…

-          ¿Es necesario, señor policía, que venga a casa?, va a despertar a los niños, mis padres…

-          Bueno si duermen ¿por qué os habéis tenido que ir de casa?

-          Compartimos habitaciones, ya sabe.

-          Ah, claro. Bueno no importa, pasaré del café y me esperaré en la puerta, ¿vale?