La Captura del «Mula»

La Captura del «Mula»

Vídeo presentación            Víedo Sinopsis ilustrada           Capítulo I

                   

            Viernes, 1 de enero de 1954.

Isidro, dame un beso hijo, me voy a trabajar. Cuida bien de tu hermano y de mamá, se obediente, recuerda que los Reyes Magos ahora, están pendientes vigilando como te comportas, ¿vale?

-          Sí, papá —dijo Isidro, de tres años y medio de edad.

Juanito, antes de irse, fue a ver al pequeño Juan Jesús, que dormía plácidamente en su cuna, con apenas un año y unos pocos días de edad.

-          Ten cuidado vida, la delincuencia no entiende de fechas.

-          No te preocupes cherry, iré con cuidado.

Juan se despidió cariñosamente de su esposa, como solía hacer siempre, indefectiblemente.

Ella se quedó en la puerta del rellano de la escalera, viendo como su marido se despedía con el brazo en alto, descendiéndolas.

Juan Jesús Torres Rojas, había aprobado las oposiciones al Cuerpo General de Policía en el año 1949. Solicitó destino voluntario en Cataluña.

Conocía la ciudad de Barcelona, desde que participara en el 2º Encuentro de natación «España – Portugal», en el mes de agosto de 1945. Él, intervino como invitado del equipo de saltos de trampolín, representante de España, fuera de competición, con carácter de exhibición.

Quedó entonces encantado con la ciudad de Barcelona. Motivo por el cual, en el momento de solicitar destino, lo hizo para asentarse en ella.

Hasta entonces residían en Granada, ciudad donde contrajo matrimonio con María de las Mercedes, nieta de orfebres granadinos, familia de ferviente tradición devota de la Virgen de las Angustias, Patrona de la ciudad.

Particularmente a Mercedes, no le satisfizo demasiado la idea, pero sabía que Juanito, como llamaban familiarmente a su marido, estaba resuelto a iniciar su nueva etapa familiar, en Cataluña.

Antes de venir a su destino en Barcelona, contrajeron matrimonio en la Basílica de la Virgen de las Angustias, a cuyos pies, permanece y luce una ofrenda, en forma de media luna con un corazón central, todo ello de oro fundido, proveniente de una donación de los Fajardo, abuelo de la novia.

Ubicados ya en la ciudad Condal, encontraron un piso en la calle de San Antonio Mª Claret. Eran unos pisos, propiedad de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Barcelona, al que tuvieron acceso, gracias al hermano mayor de Juan Jesús, Luis, que estaba entonces de Comandante del ejército en la Residencia Militar, sita en la Avenida Diagonal.

Su primer destino fue en la comisaría de Hospitalet de Llobregat, situada en la Plaza del Repartidor.

Para desplazarse disponía de una combinación de autobuses, que en primer lugar, le dejaba en la Plaza de España y una vez allí, debía esperar otro autobús que le acercara hasta la comisaría.

Juan era de complexión atlética, medía un metro setenta, de unos sesenta y tres kilos de peso aproximadamente. Portaba un bigote cortado de forma, que su vértice superior, partía desde la nariz achatada y se dividía conforme descendía hacia ambos lados del labio superior, dibujando sobre éste, una delgada línea de pelos. La bifurcación, dejaba ver un triángulo libre de cabello entre medio. Dada su miopía portaba gafas de cristales gruesos, su tez era algo oblonga y peinaba según la moda de la época, hacia atrás y lacado.

Al entrar en comisaría, saludó, como siempre hacía, al Policía Armado de puerta, quien le contestó alzando la mano derecha hasta el lateral de su frente, como correspondía a su rango de Agente.

Se dirigió directamente a la planta primera, donde se encontraban los inspectores

es asignados a la Brigada Criminal, del Cuerpo General de Policía. Era momento del relevo, en el que se traspasaban la información ordinaria del servicio. Particularmente, cada uno se hacía cargo de aquellos casos afectos a su turno, por ello el traspaso, solía ser rápido y escueto. Tan solo lo concerniente a temas generales y si existía alguna novedad.

La superficie que ocupaba la Brigada era de unos ochenta metros cuadrados en su mayoría, diáfanos. Había un total de doce mesas, dispuestas en grupos de dos, de forma, que se unían permitiendo que cada pareja de inspectores estuvieran uno enfrente del otro. Cada una de ellas medía un metro ochenta por ochenta centímetros de ancho. Eran de metal con el sobre de madera, disponían de una máquina de escribir Olivetti, del modelo Lettera 22, de la última generación de la marca. Encima de las mesas, se amontonaban en unas, con más orden que en otras, expedientes de casos abiertos, papel carbón y folios en blanco.

Junto a las ventanas que daban a la plaza, se encontraba un pequeño despacho con cristales, pertenecía al comisario de servicio. Tendría unos quince metros cuadrados, todo el mobiliario austero, compuesto de mesa; sillón; dos sillas de madera y una estantería, en cuyo lado derecho, permanecía firme, un mástil con la bandera Nacional. Encima, centrado, colgaba una fotografía enmarcada del Jefe del Estado, El Generalísimo, don Francisco Franco Bahamonde.

Torres era un personaje querido por sus compañeros, dada su gran disposición a sacrificarse por bien del servicio y ayudar en todo momento en el que se requiriera su colaboración. Todo ello unido a su carácter alegre, dotado de una gracia especial, para contar chistes e historias imaginarias de humor, que siempre alegraba los momentos de asueto que mantenían en grupo. O encandilando a sus compañeros, con las historias que revivía de su juventud en los diferentes destinos que su padre, teniente Coronel del ejército, había tenido, desde Melilla, lugar donde nació él, pasando por Ceuta, y Larache (Al-'Araish), entonces español, y finalmente, Granada.

Una vez se hizo cargo con su compañero Juan Ramírez del servicio, se pusieron en su mesa, revisando los casos pendientes.

Sobre las once de la noche se recibía en la comisaría un teletipo, en el que se informaba sobre la muerte del general de Brigada, don Millán Astray, fundador de la Legión, después de varios meses de una penosa enfermedad. Causa oficial de la muerte; colapso cardiorrespiratorio. Se señalaron tres días de luto oficial, en señal de duelo.

Todos los funcionarios deberían, portar en el brazo izquierdo, un lazo de color negro o en las solapas del abrigo, durante tres días. Quedaban exentos de esa obligación, los inspectores de la Brigada, por razones obvias.

 

El Policía Armado y de Tráfico, Clemente López Vela, se encontraba realizando su ronda en la zona donde se iba a construir en breve, el nuevo estadio del futbol club Barcelona, entre la Casa de la Maternidad y el cementerio de Las Corts. Debido al movimiento de tierras y expropiaciones habidas en la zona, por las noches, se había convertido en lugar habitual de prostitutas y delincuentes, aunque por las fechas navideñas, la presencia de solitarios en busca de compañía, solía disminuir.

Durante el transcurso de su ronda, le pareció ver una pareja en actitud cariñosa, junto al Camino Bajo del Cementerio. Decidió acercarse para identificarlos. Si eran conocidos, actuaría, atendiendo las fechas en las que se ablanda un poco la rigidez de las normas.

La pareja estaba tan concentrada en sus «mimos», que no se percataron de la inmediata presencia del Policía Armado.

-          Buenas noches… —dijo a modo de saludo, llevándose la mano derecha hasta la visera de su gorra.

Los aludidos, se separaron nerviosamente.

-          Buenas noches, señor policía —contestaron los dos. Mientras ella, trataba de recomponerse la falda, él se subía los pantalones.

-          Quitándose el frío de la noche, eh.

-          No… Verá señor policía, María es mi mujer… pero comprenderá usted, tenemos la casa llena de familia ¿sabe…? las fiestas y todo eso…, usted ya me entiende…

-          Sí, claro, claro. No tendréis inconveniente en mostrarme vuestra documentación, ¿verdad?

-          No, señor policía, espere… la tengo aquí en el bolsillo de la chaqueta —dijo él.

-          Despacio, no quiero sorpresas. El agente desconfiaba de la actitud que mantenían, más de la mujer que del varón.

-          Sí, si descuide, no pasa nada. Aquí la tiene usted, señor policía.

Clemente tomó el documento nacional de identidad, con su mano izquierda, mientras mantenía la derecha cerca de la cartuchera.

-          ¿La tuya? —preguntó a la mujer.

-          Verá… señor policía, no he cogido mi bolso, hemos salido solo a…, y no me he acordado, además yo no tengo ese carnet —dijo refiriéndose al documento nacional de identidad.

-          Pero… tendrás la cédula personal al menos, ¿no?

-          Sí, eso sí lo tengo.

-          Bien… enséñamela —dijo el Agente.

-          No, no la llevo encima.

-          No aparentas más de veintiún años... Dices que estas casada con éste hombre.

-          Sí, así es.

-          No os mováis de ahí —Les dijo, mientras se retiraba hasta a una distancia prudencial, donde poder iluminar con la linterna, la documentación entregada por el inquirido.

Los dos amantes, se quedaron inquietos y expectantes.

-          No puede llevarnos a comisaría. Si se entera tu hermano de lo nuestro…

-          Tranquila, no hacíamos nada malo, solo nos acariciábamos.

-          Ya…, ya, eso explícaselo al gris ese.

-          No podemos echar a correr, no con mi documentación en sus manos. Comprobarían que salí en septiembre del talego y vendrían a tocarme las pelotas.

Vieron que el policía regresaba con la documentación en la mano.

-          Enrique Sánchez Roldán, me suena tu nombre, ¿es posible?

-          Sí, bueno verá… señor policía…, salí hace poco del Penal de Ocaña, pero ahora estoy limpio como una patena.

-          Tú eres… ¡«el Mula»!

-          Sí, así me apodan.

-          Vives por aquí, ¿verdad?

-          Sí, cerquita en la calle Llobregat, señor policía.

-          Creo que te he visto por la comisaría de Hospitalet en varias ocasiones.

-          Sí, me han detenido varias veces, pero ahora estoy limpio —insistió.

-          Tú —dijo mirando a María—, dices que no has cogido la documentación, para…

-          Echar un quiqui —se adelantó ella—, señor policía… comprenda usted, una casa chica, llena de viejos y niños, no es lo más predispuesto, para…

-          Sí, lo entiendo. Por ser las fechas que son, voy a ser tolerante, pero no puedo dejaros aquí sin antes comprobar tus datos —dijo mirando a la mujer—. Os acompaño a vuestra casa, como dices que está cerca, así veo la documentación y me dais un café calentito, con el frío que está haciendo hoy, me vendrá bien para entrar en calor. Vamos —dijo Clemente.

Enrique y María obedecieron sin mucho entusiasmo.

            Id vosotros delante, yo os acompaño por detrás.

Iniciaron la marcha, cuando llevaban a penas unos cincuenta metros recorridos, María se abrazó al cuello de Enrique.

-          No podemos dejar que suba a casa, ¡deshazte de él! —Le dijo al oído.

-          Vaya, siento haberos hecho perder la oportunidad —dijo sonriendo Clemente—, ya se os presentará otra, no desesperéis.

No hubo respuesta.

-          Tengo que mear, señor policía —dijo Enrique.

-          ¿No puedes esperar a llegar a tu casa?

-          No, necesito orinar ahora, por favor.

-          Sí, claro, siempre va bien después de…, esperamos aquí, no te alejes demasiado.

Enrique, se distanció unos metros de ellos, mientras…

-          ¿Es necesario, señor policía, que venga a casa?, va a despertar a los niños, mis padres…

-          Bueno si duermen ¿por qué os habéis tenido que ir de casa?

-          Compartimos habitaciones, ya sabe.

-          Ah, claro. Bueno no importa, pasaré del café y me esperaré en la puerta, ¿vale?

Mientras Clemente era distraído por María, Enrique cogió un ladrillo de los muchos que se encontraban en la zona de obras y sin pensarlo, asestó un tremendo golpe en la cabeza del policía, que se derrumbó, perdiendo el conocimiento.

Los dos pérfidos, se miraron. El policía, se había desvanecido.

-          Todavía respira. ¡Sabe quién eres! —Le urgió, María.

Sin pensarlo, Enrique golpeó repetidas veces la cabeza del policía que sangraba a borbotones. Cuando estuvo seguro que el policía ya no respiraba, lo arrastró unos metros, para dejarlo junto al camino. Cogió su documentación, libreta de notas y la pistola reglamentaria.

María salió corriendo del lugar sin esperar a Enrique. Este miró por última vez el cuerpo al que apenas hacía un momento le arrebató la vida de forma tan brutal. Observó su derredor por si descubría algún testigo de su asesinato. Acto seguido, abandonó el lugar corriendo, sin mirar atrás.

 

Enrique Sánchez Roldán, era natural de Alès, Francia a orillas del río Gardon, afluente del Ródano. Es el segundo de cinco hermanos; Francisco; Angelita; Marcelino y Rosario. Nació en la localidad francesa, por ser su padre Francisco, uno de los veinticuatro mil mineros que trabajaba en las minas de hulla que se explotaban en los veintiún pozos que se encontraban reagrupados bajo el nombre de; los Yacimientos de Hulla de la Cuenca de las Cevenas.

Su madre, Isabel, natural de Águilas, como su marido, se puso de parto, sin darle tiempo para desplazarse a Esplugas de Llobregat, lugar donde residían habitualmente en la calle San Marcelino.

Cuando Enrique contaba tan solo dos años de edad, se trasladaron a vivir definitivamente a España. En esa población catalana, Enrique pasó toda su infancia. Al cumplir los quince años, entró a trabajar en los Altos Hornos de Cataluña, donde permaneció hasta su primera detención, por sustraer unos conejos de una granja cercana a la industria.

Se le imputó un cargo por robo y otro por tenencia ilícita de armas, por lo que se le agravó la pena, cumpliendo trece meses bajo la custodia del Tribunal Tutelar de Menores de Barcelona, por ser menor de dieciséis años.

Durante una de sus salidas de prisión, conoció a una prostituta llamada María Ángeles, con la que contrajo matrimonio, que apenas duró unos meses, separándose de ella.

Al convivir con sus padres, en los tiempos que estaba libre, conoció a la esposa de su hermano Marcelino. María, de veintiún años de edad y madre de un hijo del matrimonio.

Los dos fueron afianzando su amistad, hasta el punto de convertirse en amantes. Su hermano al principio, no sospechaba nada, eran completamente diferentes. Mientras uno buscaba trabajo y mantenerse en todo el tiempo posible, Enrique se acostumbró al dinero fácil de conseguir. Por su parte María, su cuñada, le gustaba la vida noctámbula y de gasto elevado. Caprichosa, se dejó embaucar por el tren de vida de Enrique.

 

El reloj marcaba las dos de la madrugada, Torres y Ramírez, terminaban de tomar un café en el bar de la estación de Renfe, que se encontraba cercana a la comisaría. El policía armado de puerta, cuando iban a acceder, les informó de inmediato.

-          El comisario os espera. ¡Parece que han encontrado a un compañero muerto!

Los dos corrieron por el pasillo y subieron los escalones hasta la Brigada, de dos en dos.

-          ¡Ramírez!, ¡Torres!, venid…, rápido.

Los dos compañeros, entraron en el despacho del comisario.

-          Nos han pasado aviso, que han descubierto el cuerpo sin vida de un compañero parece que es de la 1 Policía Armada.

-          ¿Dónde?

-          Cerca de la Casa de la Maternidad, por ahí…, por donde está Can Tané. Donde serán las próximas obras del nuevo estadio del Barça.

-          ¿Se sabe quién es? —preguntó Torres.

-          Todavía no. De los que se encuentran de servicio, no tenemos noticias de ninguna reyerta. Coged el coche y desplazaros al lugar. Llevaros a un par de policías armados con vosotros, para que os aproximen lo máximo posible y echen una mano.

-          ¿Hay alguien allí?

1.- Se llamaba así, al Cuerpo de la Policía Armada y de Tráfico, uniformada entonces de color «gris».

-          Sí, he enviado a dos patrullas, para que protejan la zona. Marchad, rápido, necesito saber de quién se trata he de informar a su familia.

-          ¿El juez y forense, están avisados?

-          Sí, ya se presentarán. Vosotros id, ya llegaran, mientras tomad nota de todo y determinar las causas, cuanto sea posible.

Se pusieron en marcha, haciendo acopio del equipo necesario.

-          Tú, ve al cuerpo de guardia y que te acompañen dos policías armados—le dijo Ramírez a su compañero.

Ramírez era Inspector de 2º, Torres ostentaba todavía el rango de Agente de 2ª Clase. Cuando Torres se asomó en la guardia, estaban ocho policías armados, todos ellos impacientes y dispuestos para acompañar a los inspectores. Había muerto un compañero suyo, y todavía no sabían quién se podría tratar.

-          Gaspar y Serrano, pedid permiso al capitán para acompañarme…, por favor.

Los elegidos se sintieron honrados. Una vez obtenido el permiso y conocimiento del capitán de guardia, prestos se pusieron los correajes y salieron para el servicio.

En la puerta les esperaba Ramírez, dentro de un Seat 1400 B, de color negro. A penas les dio tiempo de cerrar las puertas, que aceleró el motor todo lo que pudo.

-          Pon la sirena, Torres.

El estruendo se escuchaba sonoramente en el silencio de la noche, pero no era la única. Desde que se descubrió el cadáver, era un ir y venir de coches de policía.

-          ¿Sabes ya dónde es? —preguntó Torres.

-          Sí, hay un par de armados en la Travesera de las Corts, en el setenta y dos. Entre Arizala y la Casa Xica de Guerra —respondió Ramírez.

-          ¿Están con el que ha dado el aviso?

-          Sí, creo que sí.

En el lugar, cuando llegaron los inspectores. Por los rostros de los allí presentes, intuyeron que la situación no presentaba un escenario agradable.

-          Buenas noches —dijo Torres cuando llegó junto a sus compañeros armados.

-          Buenas noches inspectores, dijeron ambos saludando.

-          ¿Qué tenemos? —preguntó Ramírez.

-          Este hombre es el que ha dado aviso y visto en primer lugar el cadáver.

-          ¿Dónde se encuentra?

-          Allí —dijo uno de los agentes, señalando con el brazo extendido—, donde están los compañeros.

-          ¿Su nombre, señor…?

-          Sergio Ortega —contestó el aludido, con visibles nervios.

-          Bien, aguarde unos momentos, mientras delimitamos el perímetro —dijo Ramírez—, quédese con los agentes un instante, por favor.

Los dos inspectores, no esperaron respuesta e hicieron una señal a los armados. Acto seguido subieron hasta donde se encontraba el cadáver, junto a él, se encontraban dos policías armados.

-          Buenas noches —saludó Ramírez—, ¿habéis tocado algo?

-          No señor.

Tendido en el suelo, se encontraba el cuerpo en posición de cúbito supino. Tenía el rostro completamente desfigurado y ensangrentado. Mostraba el capote del uniforme completamente desabrochado y abierto hacia los lados.

Torres se encuclilló ante el cadáver, y reconoció al compañero.

-          ¡Joder…! es López.

-          Sí, ya hemos mandado aviso a comisaría para que informen a su esposa.

-          Tenía un hijo, ¿verdad?

Sí, todavía de corta edad.

-          Usted, por favor —se dirigió Torres a unos de los policías armados— ¿Cómo se llama?

-          Saavedra, Señor.

-          Bien, encárguese de acordonar un perímetro más o menos de cuarenta metros, entorno del cadáver y dígale a uno de sus compañeros que venga aquí, por favor.

-          A sus órdenes, Señor.

Pasados unos instantes, se presentaba un policía armado ante los inspectores.

-          Me han dicho que me presente a ustedes.

-          Sí, cuídese que nadie acceda a esta zona, desde el inicio del camino. Cuando lleguen el forense o el juez, les escolta usted hasta éste lugar. No deje que campen por el sector delimitado.

-          Bien, Señor.

-          Usted —se dirigió a otro de los agentes, Ramírez—, colabore en la limitación del perímetro con su compañero.

-          Vamos a ver que nos cuenta el testigo —dijo Ramírez—, luego examinamos la zona y el cuerpo.

Cuando llegaron junto al testigo, comprobaron que se encontraba nervioso y vacilante.

-          Díganos por favor lo que ha visto —comenzó Ramírez sin preámbulos.

-          Se lo he contado a sus compañeros. Estaba en mi barraca —dijo señalando hacia su derecha, que se localizaba a apenas unos quince metros del lugar en el que se encontraban—, cuando a mi novia, le pareció escuchar ruidos por ahí afuera.

-          ¿Su novia? —inquirió Torres.

-          Sí…, esta con mi madre en la barraca.

-          Luego hablaremos con ella —contestó Ramírez.

El denunciante, se puso todavía más nervioso.

-          Continúe, por favor.

-          Verá, es que…, bueno, mi novia, como les decía, se asomó porque creía haber oído ruidos. Entonces cuando ella salió, me decidí a asomarme yo también, por si realmente merodeaba alguien cerca de la barraca. Entonces…, escuchamos lo que parecían unos gritos o susurros entre aquellas hierbas —señaló hacia el lugar donde se encontraba el cadáver custodiado por sendos policías armados.

-          Y…usted, ¿qué hizo? —preguntó Torres.

-          Cogí de la mano a mi novia y entramos dentro de la barraca. Yo me quedé escuchando por si oía algo…, cómo si se acercaran aquí —dijo.

-          ¿y…?

-          Me pareció escuchar como…un movimiento de hierbas… pero no me asomé ahí afuera…, no.

-          Entonces, ¿cómo encontró el cadáver? —preguntó Ramírez.

-          Al rato…salí otra vez, no escuché a nadie, y subí hasta aquí —señaló el lugar donde se encontraban en ese momento—, anduve unos metros hacia el camino… y entonces me pareció ver el cuerpo uniformado, inmóvil en el suelo.

-          ¿Hasta dónde llegó? —preguntó Ramírez.

-          Más o menos —anduvo unos metros

-          Hasta aquí —señaló la posición.

-          ¿Llegó a tocar el cadáver… o algo de su entorno?

-          ¡No!, no Señor, para nada.

-          Bien. ¿Qué hizo entonces, usted?

-          Corrí hasta el Parador del Camino, para llamarles a ustedes. No quise acercarme más, tenía miedo.

-          Después de llamarnos, ¿volvió aquí?

-          Sí.

-          No subió a ver si el cuerpo estaba con vida o precisaba ayuda.

-          No…, estaba muy asustado.

-          ¿Ha visto usted a alguien, subir o bajar por aquí, desde ese momento? —preguntó Torres.

-          No, no al menos que yo haya visto.

-          Eso, es bastante antes de su aviso.

-          Sí… ya se lo he dicho… inspector.

-          ¿Qué es exactamente lo que vio?

-          Vi…, a una pareja, muy cálida entre ellos, que subían hacia arriba…dirección al cementerio —contestó.

-          ¿Podría decirnos algo acerca de ellos?, ¿estatura?, ¿sus rostros?, ¿vestimenta?

-          Poca cosa, era oscuro y yo estaba en la puerta de mi barraca —se giró señalando la vivienda—. Eran más o menos como yo de altos, el hombre un poco más que ella. Él llevaba una especie de jersey o cazadora oscura… no lo sé bien. La verdad es que no podría decir mucho más sobre la pareja. Imaginé para lo que subían por el camino, como tantas otras hacen cada día y no le di más importancia.

-          Bien. No le importará que los agentes le acompañen hasta su barraca, ¿verdad? Después nos pasaremos para tomar declaración a su novia.

-          ¿Estoy detenido inspector? —preguntó aterrado Ortega.

-          No, nada de eso, pero entienda que hasta que no tomemos declaración a los otros posibles testigos, no podemos dejar que hablen entre ustedes.

Terminado el primer interrogatorio, Ramírez acompañado de Torres, se dirigieron al lugar donde yacía el cadáver de su compañero.

Cuando llegaron junto a él, iniciaron la inspección ocular. Ramírez descubrió que le faltaba la cartuchera con el arma reglamentaria.

-          ¿No la tenía cuando habéis llegado?—dijo señalando el clip de acople que colgaba vacío del correaje.

-          No, yo he mirado por si la desenfundó él, y estaba por aquí, entre todos estos matorrales, pero no la he encontrado —dijo uno de los policías.

-          Le han machacado la cabeza. ¡Qué bestia!, se ha ensañado con él —dijo Torres.

-          Sí, es posible que no muriera en el acto e intentara darse la vuelta.

Torres, sin modificar la posición del cadáver, palpó los bolsillos de la guerrera.

-          Su documentación tampoco está.

Se incorporó y miró la posición del cadáver.

-          ¡Fíjate! —dijo dirigiéndose a Ramírez—, el cuerpo ha sido arrastrado hasta aquí. Éste rastro de sangre… conduce en esa dirección —señalo hacia el cementerio.

Los dos inspectores, iluminaban el camino, siguiendo la huella, a unos diez metros del cadáver, encontraron un gran charco de sangre.

-          Aquí es donde lo han asesinado —marcó el lugar Ramírez, a su compañero con la linterna.

-          A ver si encontramos con qué le han golpeado.

A unos pocos metros de distancia, encontraron un ladrillo con señales inequívocas de haberse utilizado para machacar la cabeza del compañero asesinado.

-          ¡Peláez! —llamó Ramírez a uno de los policías armados—, salvaguarda esta zona, aquí está el ladrillo con el que posiblemente han golpeado a López.

-          ¡Voy al coche por la cámara!

Torres se dirigió al coche patrulla, para recoger el material de pruebas, e iniciar la primera pericial. Abrió el maletero y allí estaba la vieja cámara fotográfica, «Steinheil Casca». Le acopló el flash, cuidando de llevar suficientes recambios de bombilla.

-          A ver si encontramos también su documentación —escuchó decir a su compañero.

-          Será difícil, igual que el arma. Se trata de alguien profesional. No será fácil dar con él.

-          A saber dónde se encuentra ya ese criminal —dijo Torres.

-          ¡Mira ahí! —dijo Ramírez, señalando en dirección a su compañero—, tras esos matorrales. ¿Qué es?

-          Parece… que puede ser su gorra —contestó Torres.

Se inclinó para verificar de lo que se trataba. Hizo varias fotos, después sustrajo el pañuelo de su bolsillo y tomo el objeto. Era una gorra perteneciente al uniforme reglamentario de la Policía Armada y de Tráfico, como pudo comprobar por la placa. En su interior, llevaba inscritos los números 3971 y 15044, seguidos de 2187P. Hacían referencia a los números de carabina, pistola y placa respectivamente, asignados al agente López

Entre los dos inspectores, se encargaron de hacer varias fotos, tanto del cuerpo, como del entorno donde fue encontrado el ladrillo que sirvió de arma al asesino, así como de la gorra del interfecto. Con la luz diurna, se realizaría el definitivo, pero era el momento de reflejar todo cuanto supusiera la menor alteración del entorno.

Uno de los policías armados que acompañaron a los inspectores, dio la voz:

-          ¡Aquí!, inspectores.

-          ¿Qué tienes? —preguntó Torres.

-          Parece un guante… pero no pertenece al reglamentario —dijo.

-          ¡Espera!, no lo manipules demasiado —le urgió Ramírez, mientras se dirigía hacia donde se encontraba el policía armado.

-          ¡Torres!, toma unas fotos de esto.

Lo iluminó con su linterna. Una vez terminó de fotografiar, Ramírez lo recogió de los matorrales.

-          Parece que son cabellos… y estas manchas…, pueden ser de sangre —dijo, mientras lo examinaba. Tiene restos biológicos, es posible que en el laboratorio puedan darnos alguna pista.

Por su parte Torres, iluminó con su linterna el suelo. Parecía la marca de la huella del talón de un zapato.

-          ¡Márcalo aquí, por favor! —dijo Torres a uno de los armados—. Cuando lleguen los de huellas, que tomen molde. Puede ser del asesino o uno de ellos. Voy al camino, para ver si existen huellas parecidas a ésta.

Cuando se dirigía Torres a la inspección, llegaba el forense.

-          Buenas noches, soy el doctor Coll —se presentó.

-          Buenas noches doctor, le acompaña el agente hasta el cadáver.

-          Gracias.

Torres se dirigió a la zona del camino dónde se encontraban los agentes en compañía del testigo.

-          Exactamente, por qué zona caminaba la pareja que nos refirió antes —preguntó Torres al testigo.

-          Más o menos por ahí —dijo señalando con su índice.

-          ¿Por aquí?

-          Sí más o menos —contestó.

-          Uno de ustedes…por favor, acoten esta zona hasta donde empieza el perímetro trazado, tenemos que tomar posibles huellas de las pisadas.

-          ¿Me puede enseñar la suela de sus zapatos, por favor? —Le dijo Torres al testigo.

Éste, sin entender la intención, mostró primero uno y luego el otro de la suela de sus zapatos.

Torres iluminó sendas muestras, comprobando que la observada en el camino, no coincidía con las del hombre.

En ese momento llegaba el coche del juez, conducido por el secretario. Portaba un cartel en el que se podía leer:

            «JUZGADO Nº 8»

-          Buenas noches Señoría —dijo Torres.

-          Buenas noches. ¿Qué tenemos aquí inspectores?

-          A sus órdenes Señor juez —saludó Ramírez, que llegaba en ese momento al lugar—. Parece que se trata de un asesinato para robarle el arma reglamentaria, al policía armado.

El juez hizo una mueca de desaprobación, no pintaba bien, por ahí andaba suelto un asesino con un arma de fuego. Si había sido capaz de matar a un policía, nada lo detendría para volver a hacerlo con cualquier otro ciudadano más vulnerable.

-          ¿Ha examinado el cadáver doctor?

-          No señoría, esperaba su llegada para moverlo, aunque parece claro el motivo.

-          Empecemos entonces —dijo su señoría— ¿Cuánto puede llevar exánime?

Tras unos minutos de observación, el forense dijo:

-          Por la temperatura que hoy hace…, considerando que todavía está tibio pero comienza la rigidez, yo diría que entre cuatro y cinco horas…, más o menos.

-          Eso…, nos sitúa sobre las diez de la noche.

-          Sí, lo podré precisar cuando esté en la mesa de autopsias.

-          ¿Cuándo tendremos la crono-tanato-diagnostico?

-          Será mañana. Mi guardia termina dentro de un rato —dijo el forense.

-          ¿Qué tienen inspectores? —preguntó el juez.

-          Por lo que hemos visto de momento, éste no es el lugar…o al menos, no el único, donde se produjo la agresión —comenzó a informar Ramírez—. Ve —señaló las marcas de sangre—, estas señales, nos llevan hasta este otro lugar.

Su señoría iba tras los pasos de Ramírez. Les seguía Torres y un policía armado con el secretario.

-          También hemos encontrado, lo que puede ser el arma del crimen —señaló el lugar donde se encontraba un agente.

-          Buen trabajo inspectores. Parece que han hecho una buena inspección ocular, a pesar de la falta de claridad. Tome nota de todo cuanto están informando los inspectores —ordenó a su secretario, que batallaba por escribir y aguantar su cartera.

Después de una hora larga, inspeccionando los alrededores perimetrados, su señoría, dio por concluida la toma de datos, limitándose a decir:

-          Bien inspectores, continúen con su trabajo, en cuanto tengan el informe, me lo hacen llegar al juzgado, aquí nada podemos hacer ya por este pobre hombre —dijo mirando el cadáver—. No obstante me temo que se hará cargo la jurisdicción Militar.

El forense, cuando hubo terminado, ordenó a los sanitarios, que se hicieran cargo del cadáver para su traslado al hospital Clínico de la ciudad, donde le practicaría la autopsia.

-          ¿Cuándo comenzará la autopsia, doctor? —preguntó Ramírez.

-          Hoy ya no podré, más que lavarlo y preliminares. Acérquense esta medianoche, a ver si puedo anticiparles algo.

-          ¿Cuándo se le podrá entregar el cuerpo a la familia?

-          Procuraré que sea lo antes posible inspectores, pero no es el único cadáver que tengo en la morgue.

-          Pero sí, el único policía asesinado ¿no? —Torres no pudo evitar encararse con el forense, ante su aparente frialdad.

Ramírez medió entre ambos.

-          Vamos a calmarnos. Si le parece doctor, nos gustaría certificar el motivo real de la muerte, aunque parece claro, pero…

-          No se preocupen, lo entiendo perfectamente, haré todo lo posible para darle prioridad a este caso.

-          Gracias doctor —terminó Ramírez—. Torres asintió con el gesto.

Torres y Ramírez, igual que todos sus compañeros, sentían rabia y dolor. Una muerte nunca se justifica, pero se trataba de un compañero y además eran unas fechas muy señaladas. No podían dejar de pensar en la familia, a estas horas, ya deberían conocer la noticia del fallecimiento.

-          ¿Qué piensas, Ramírez?

-          No lo sé. No me gusta que haya por ahí suelto un asesino de policías, de sobras saben lo que les espera si se les coge.

-          Sí, este caso es diferente al del asesino del gitano —dijo Torres.

-          Aquel fue más fácil, teníamos pistas y testigos directos del crimen. Pero en este caso…

-          Lo recuerdo perfectamente, apenas llevaba unos meses en la comisaría. Si hacemos caso a Rougmagnac, el asesino o asesinos, habrán dejado alguna huella tras de sí, es cuestión de buscar para encontrar.

-          Sí, pero cuando amanezca. Menos mal que parece que no lloverá.

Cuando llegaron a la barraca, se encontraban; los dos policías armados, Ortega, la madre de éste y su novia, esperándoles.

-          ¿Quieren tomar algo, inspectores? —preguntó la señora Ortega.

-          No, gracias, buena mujer —contestó Ramírez—, nos gustaría hablar con ustedes, por separado, si no les importa.

-          No, claro que no, pregunten, pregunten ustedes señores inspectores. Si podemos ayudar en algo…

-          Acompañen al exterior a la pareja —ordenó Torres a los policías armados.

Al cabo de unos tres cuartos de hora, Ramírez y Torres abandonaban la barraca, sin haber obtenido datos relevantes y siendo coincidentes las declaraciones de los novios. La madre, no se había enterado de nada, hasta que su hijo le comentó lo sucedido.

Continuaron en la zona hasta el amanecer, para tomar fotografías de todo cuanto consideraban les pudiera interesar. Sobre las ocho de la mañana, llegaron los inspectores técnicos en huellas, indicándoles todo cuanto les pareció importante conservar.

Cuando llegaron a la comisaría, fueron directamente a informar al comisario Barnés, que ya se encontraba de servicio, aunque por su apariencia, no se había retirado todavía del mismo.

-          ¿Hay algún testigo?

-          Sí, el que realizó la llamada de aviso y su novia, pero no pueden abundar en demasiados datos que nos conduzcan a esclarecer quien o quienes, han asesinado a López.

-          Claro, ¿qué haría López por ahí? —Se preguntó Barnés.

-          Pues, estaría haciendo su ronda, ¿no? —observó Torres.

-          No… Estaba incluido en uno de los turnos de Pascua, con permiso para trasladarse a Caldas de Malavella, por asuntos familiares. Lo solicitó y se le concedió la autorización por la superioridad.

Los dos compañeros intercambiaron una mirada. Lo referido no encajaba. Si estaba de permiso, ¿qué hacía de uniforme y en esa zona?

-          Pero…eso no puede ser —comentaba Ramírez. Estaba reglamentariamente uniformado. Si cómo dice estaba de permiso…

-          He pedido a su mando que aclaren la situación. Es posible que estuviera cubriendo el servicio de algún compañero.

-          ¿Qué se sabe de su esposa?

-          El capitán Cipriano, ha ido a informarle a su domicilio y de paso acompañarla al Clínico para identificar el cadáver.

-          Vaya trago, le espera a la pobre —comentó Torres.

-          Lo preocupante es lo que ha transcendido sobre el arma —dijo Barnés—, la munición de la canana, ¿estaba?

-          No, el asesino ha tenido tiempo y cuidado de quitársela también.

-          Pinta mal, muy mal —decía el comisario mientras daba la vuelta a su mesa.

-          Redactar el informe y llevárselo al juez, ¡este caso toma prioridad ante cualquier otro! ¿Entendido?

-          A sus órdenes comisario —dijeron ambos mientras salían para ponerse a redactar el informe.

-          Hoy llegaremos tarde a casa —dijo Ramírez.

-          Sí, Mercedes ya está acostumbrada.

-          Bueno una cosa es tomar un café cuando terminamos y otra será lo de hoy.

-          Sí, claro, pero tampoco será la primera vez que nos retrasamos con la confección del informe ¿no?

-          Tienes razón, comencemos. Tú ponte con el tema físico del cadáver, se te da bien, y las pruebas descubiertas. Yo me pondré con las declaraciones de los testigos y…, los posibles motivos que pudieron llevar a López hasta ese lugar del descampado. ¿Has sacado tú el carrete de la cámara?

-          Sí, lo he dejado en la bandeja de laboratorio.

-          Cuando tengamos las fotos, haré el informe de la prueba ocular. El guante… ¿se ha quedado en el coche?

-          No, lo he entregado también para su remisión al laboratorio dactilográfico junto con la gorra. Pero creo que no podrán extraer ninguna huella.

-          Pero sí, de los cabellos que contenía.

A la hora del relevo, el turno entrante se enteraba de la noticia. Los inspectores se encargaron de transmitir lo que se sabía dando instrucciones con la luz del alba, para que una patrulla de policías armados, dieran una batida más exhaustiva, por si descubrían algo útil que ayudara a resolver el caso.

Eran poco más de las once de la mañana, cuando los dos inspectores se tomaban el café con el que solían finalizar el servicio, antes de ir a sus domicilios a descansar.

Torres, no pudo reprimir un bostezo, contagioso, antes de sorber el último resto de café de la taza.

-          ¿Quedamos directamente en el hospital Clínico? —preguntó Torres.

-          Vale, pero no creo que nos anticipe mucho.

Fuera, en la calle, todo era normalidad, las personas iban y venían, ignorantes que apenas unas horas antes, un Policía Armado, había sido asesinado, seguramente por hacer su trabajo velando por la sociedad durante su descanso. Por la calzada, circulaban coches a motor y carruajes con caballos, de estos cada vez, se veían menos, que eran sorteados por los conductores con habilidad. Se simultaneaban las bocinas de unos, con el ruido de las herraduras al golpear con los adoquines de la calle, de los otros, junto con los timbres de las bicicletas.

La actividad de la ciudad no se detenía ante el drama de la muerte, sin embargo a esas mismas horas, habría al menos, una familia destrozada por la noticia del repentino fallecimiento de su ser querido. Vaya forma de saludar al nuevo año.

 

Sábado, 2 de enero de 1954

Torres no pudo descansar, a las tres de la tarde, ya estaba despierto y dispuesto para dirigirse al escenario del crimen.

-          No puedes dejar de pensar en el asesinato, ¿verdad? —Le pregunto Mercedes.

-          No, apenas he podido pegar ojo. Es horrible como se ha ensañado con él. Le ha destrozado la cabeza.

-          No entres en detalles, vida —contestó— ¿Te vas?

-          Sí, me pasaré primero por el lugar del asesinato, a ver si veo alguna pista que dejara su asesino o asesinos. No se sabe todavía como sucedió y tengo la sensación de que puede existir algo que nos ofrezca una pista.

-          Ten mucho cuidado, ese animal ya ha dejado a una familia destrozada.

-          Lo tendré cherry, no te preocupes. Lo extraño del caso es que López iba solo en su guardia y eso no es lo habitual, menos en el turno de noche —hablaba para sí, pero lo hacía en voz alta.

Cuando llegó al terreno de las Corts, la zona se encontraba acordonada por dos parejas de policías armados. Les saludó como de costumbre, siendo correspondido por el más cercano.

-          ¿Se sabe algo, inspector?

-          Bien…voy a ver si encuentro algún rastro del asesino.

Estuvo durante dos horas examinando todo el perímetro acordonado. Tan solo había podido encontrar un botón de chapa perteneciente al uniforme reglamentario de López, cerca del lugar dónde posiblemente recibiera el primer golpe.

Sobre las siete de la tarde, Torres, tomaba el autobús, para dirigirse al hospital Clínico de la ciudad. Iba con tiempo suficiente, previendo que desde la Plaza España, continuaría caminando hasta el hospital. Mientras por el camino, pensó en su familia, ¿y si hubiera sido él?

Le costó conciliar el sueño. Los pequeños Isidro y Juan Jesús no dejaban mucho tiempo para el descanso. Cuando no lloraba el pequeño, lo hacía el mayor. Isidro que no terminó de entender la llegada del «mocoso» llorón, iba a su cuna y lo hostigaba hasta que rompía a llorar. Pero Juan, era además de un buen policía, un buen padre. Cuando daba ya por perdida toda posibilidad de conciliar el sueño, se levantaba y se ponía a jugar, más con Isidro, por razón de edad, pero sin descuidar las caricias y mimos al pequeño Juan Jesús.

Pero ese mediodía le costó poder jugar con los pequeños, no podía olvidar el rostro de su compañero asesinado.

Sin darse cuenta, estaba en la entrada principal del Clínico. Como de costumbre, tocaba esperar a su compañero, siempre era puntual, pero con su retraso. Acostumbraba a llegar con doce o quince minutos de demora.

En una ocasión le preguntó:

-          Ramírez, ¿cómo lo haces para llegar siempre con el mismo retraso? ¿Por qué no sales diez minutos antes?

-          Eso sería parecerme a ti, y tú puntualidad militar y eso no va conmigo. ¡Sal tú más tarde, y así llegamos juntos!

A lo que Torres contestó.

-          Eso sería parecerme a ti y tú falta de disciplina, faltando a mis principios.

A pesar de todo, eran buenos compañeros y mejor amigos, desde que capturaran al asesino de Heredia a principios del cincuenta. En aquella ocasión, Ramírez dudaba de la capacidad del «novato», como llamaba a Torres, pues hacía apenas unos meses, que había sido nombrado Agente de 3ª Clase. Le sorprendió gratamente ver el comportamiento valeroso que demostró en todo momento su compañero, durante toda la intervención, que le llevó a ser herido levemente por arma blanca, durante la detención. Desde entonces, confiaba ciegamente en sus posibilidades, y se sentía protegido en caso de cualquier situación.

-          Buenas noches, Torres, ¿has podido pegar ojo?

-          Poco, entre pensamientos y niños, no he descansado mucho.

-          Lo mismo que yo. Vamos a dentro, a ver que nos dice el forense.

-          He ido antes al campo de las Corts —le dijo a Ramírez.

-          ¿Cómo es? ¿No habíamos quedado aquí?

-          Sí, pero no podía dormir, tampoco podía jugar con los pequeños…en fin. Me duché, afeité y salí a ver si encontraba alguna pista que descuidaran los asesinos.

-          ¿Y bien?

-          He encontrado este botón de la guerrera de López…supongo —lleva grabadas las iniciales; P.A. de T.

-          ¿Sabes algo de los de huellas?

-          No, luego en comisaría veremos el informe.

-          Bien, vamos adentro.

La morgue, se hallaba en el patio central del hospital, su acceso desde la calle Villarroel, era cómodo y directo. En la zona colindante existían unos bancos que daban a los jardines del recinto. Seguramente se dispusieron pensado en los velatorios, para que los familiares y amigos, tuvieran espacio libre donde compartir el duelo.

-          Buenas noches, doctor —saludó Ramírez.

-          Buenas noches, les estaba esperando —correspondió éste a su vez.

-          ¿Ha podido…?

-          Sí, pensé en lo que me dijo usted —dijo dirigiendo su mirada a Torres—, el resto de cadáveres pueden esperar, sus muertes no han devenido de un asesinato. Debiera haberlo previsto yo. Les pido disculpas a ambos.

-          Su profesionalidad, le honra, doctor —contestó Torres, satisfecho—, le damos las gracias en nombre de la familia y de todos sus compañeros.

-          Coll —dijo el doctor— Coll Ibáñez. Bien una vez respetados los protocolos profesionales, no he podido terminar la autopsia, me he centrado en los golpes sufridos en el parietal izquierdo, occipital y cara. ¡Pasen!, se lo mostraré.

-          No, no importa, da igual los detalles sobre el cadáver, nos hacemos una idea aproximada, doctor Coll —se adelantó Ramírez.

-          Sí…, yo si deseo verlo, si no tiene inconveniente, doctor.

La mirada de Ramírez a su compañero, fue perfectamente descriptible. No pudo evitar tener que seguirlos hasta la mesa de autopsias. Sobre una losa de mármol blanco, yacía el cuerpo inerte del policía asesinado. Estaba decúbito prono, con la cabeza completamente rapada, dejando ver las enormes heridas infringidas por su asesino.

-          No tengo ninguna duda sobre el motivo de su muerte. Le sobrevino por graves aplastamientos en el cráneo y cara, producidos por un palo, piedra o algo duro y contundente.

-          Sí…, encontramos un ladrillo lleno de sangre en las inmediaciones, donde estaba el cuerpo.

-          Eso explica, los restos de arcilla que he encontrado en sus cabellos y huesos. Bueno… el primer golpe sería este —con el dedo índice de su mano derecha, señaló el Área occipito-parietal. Este golpe fue posterior, todavía ante mortem, tiene forma de Y, de unos doce centímetros de longitud. Como verá, le despegó gran parte de tejido —El forense, levantó con sus dedos parte de la piel despegada del cráneo.

-          No hace falta que dé muchos detalles físicos, doctor —dijo apartándose Ramírez.

-          Éste otro golpe en la región occipital media alta, de unos cuatro centímetros de longitud, seguramente fue el primero. Se hizo a distancia.

-          ¿A distancia? —preguntó Torres.

-          Sí…estoy seguro, si se fija inspector.

-          Agente de 2ª Clase, doctor —corrigió.

-          Disculpe, no entiendo de rangos. Para mí son todos inspectores. La herida es superficial. Ahora bien, un golpe así, sin esperarlo, haría perder la sensibilidad en piernas y brazos, derrumbándose ipso facto.

-          ¿Tan fuerte fue? —preguntó Ramírez a cierta distancia.

-          Lo suficiente para derribarlo, pero no para matarlo —informó Coll.

-          Presenta otro golpe contuso en la región parietal, pero tampoco definitivo, es de siete centímetros, pero todavía es superficial. Seguramente el agresor, todavía no estaba obsesionado con matarlo. Debió de darle así —Coll, gesticuló con su mano derecha, como si sostuviera una piedra y dirigiéndola hacia el lugar señalado. Sin embargo, éste —el forense giró el cuerpo, para mostrar mejor sus explicaciones a Torres, que mostraba gran interés en todo cuanto le estaba contado el forense—, sí es una herida profunda, de unos seis centímetros de extensión en la parte alta de la región parietal derecha posterior. Como ve, existe una fractura conminuta, con pérdida de masa encefálica.

-          No…, no hace falta, le creo doctor —repitió Ramírez.

-          A usted le gusta esto, ¿no? —preguntó a Torres.

-          Sí doctor, estoy pensando en matricularme para estudiar medicina —contestó—. Entonces…, si López se derrumbó al recibir el primer golpe por impacto, lo normal sería que cayera boca abajo, ¿cierto? Sin embargo el cuerpo estaba hacia arriba.

-          Sí, no he terminado aún —contestó Coll—. Mire este otro golpe. Es posterior a este otro, aunque terminan uniéndose formando un ángulo obtuso, debido al aplastamiento. En éste momento el asesino, se dejó llevar por la adrenalina y no vio nada más que algo a lo que machacar. Entonces fue cuando, ya cadáver, le dio la vuelta y frenéticamente, comenzó a golpearle —terminó de voltear el cadáver, de forma que quedó de cúbito supino—, primero en la frente, estas dos heridas son todavía leves, pero ya post mortem. Esta herida extensa y contusa, con gran despegamiento de tejidos y retracción de los mismos, ¿lo ve?

-          Sí, claro doctor —contestó Torres regocijado, a pesar de lo luctuoso de la circunstancia.

-          Bien, todo esto es la región; fronto-media-orbicular derecha y nasal, con fractura de hueso, dejando al descubierto el seno frontal derecho.

-          Cuantas explicaciones —dijo Ramírez consternado.

-          Sí lo desean acabo aquí.

-          No, no por favor doctor, continúe, es muy interesante e instructivo. Nos sirve para conocer la personalidad del asesino. ¿por qué, fue uno solamente, no?

-          Yo me atrevería a decir que sí. Todos los golpes están realizados por la misma persona. Concretamente estos frontales —señaló la cara del cadáver—, estoy seguro que los hizo sentado sobre él. Estos golpes en la cavidad nasal, que deja al descubierto el hueso, fueron hechos ya con la rabia y desesperación de quien, por un lado sabe la barbaridad que está cometiendo, y por otro, no ve el momento de dejar de golpear el cuerpo.

-          ¡Qué animal! —No pudo evitar decir Ramírez.

-          Estas heridas en la boca, le desprendieron tres piezas dentales de la parte superior. En fin, hay además diversas heridas apergaminadas…

-          ¿Apergaminadas? —preguntó Ramírez.

-          Sí, me refiero a estas, que están, tan rematadas, que la piel tiene un aspecto apergaminado.

-          ¡Qué horror! No, no es necesario que me lo muestre. Doctor, vimos un gran charco de sangre a corta distancia del cadáver.

-          Sí, no he terminado todavía, inspector.

-          Lo siento —dijo Ramírez—, tengo ganas de terminar.

-          Bien, ya falta poco. La cavidad craneal, presenta múltiple fractura conminuta de la bóveda, con gran hemorragia meníngea, con destrucción del lóbulo cerebral parietal y occipital derecho. De la cara, no ha quedado uno solo de los huesos sin fracturar

-           ¿Hay marcas defensivas u ofensivas en manos y brazos?, o en las uñas ¿hay restos de piel?

-          No, las escoriaciones que presenta en el borde del antebrazo derecho y mano izquierda y en el borde de la mano derecha. La equimosis de la articulación del metacarpiano del dedo medio izquierdo, indican que fueron hechas al realizar el traslado del cadáver. Así —Coll, cogió y estiró ambos brazos del cadáver—, de esta forma se produjeron, estas marcas. No son defensivas, seguro —sentenció.

-          Sería una explicación. ¿Doctor?, por el primer golpe, este —señaló Torres— ¿Podríamos tener una idea de la altura del criminal?

-          Pues verá inspector…, cómo les he contado, el primer golpe fue por lanzamiento, eso sí, desde un plano superior y a su derecha. Ahora bien, que el asesino fuera más alto o que se encontrara en una elevación sobre él… ya no puedo afirmarlo. Mire —se acercaron Torres y el doctor al punto que éste le señalaba—, las marcas, indican que el golpe vino de arriba, hacia abajo, el movimiento lógico de un lanzamiento es éste —lo hizo haciendo un movimiento con su brazo izquierdo, alzándolo en el aire. Así… ¿lo ven?

-          Bueno, no nos despeja muchas dudas al respecto, pero nos da una idea —dijo Torres.

-          Sí, tampoco creo que sea mucho más alto.

-          Díganos doctor, ¿las heridas…, es posible que dejaran salpicaduras en la ropa del asesino?

-          Sin duda, no se trata de un acuchillamiento que seccione una arteria, esto es diferente. Pero seguro que las mangas del abrigo, chaqueta o lo que llevara puesto ese animal y los puños de la camisa, estarán manchados de sangre, sí —sentenció.

-          Bien —dijo Ramírez, sin disimular las ganas que tenía de salir del lugar— parece que aquí ya está todo nuestro trabajo hecho.

-          Espero haber sido de ayuda.

-          Sí, si lo ha sido doctor Coll—contestó Torres, sin disimular su satisfacción—, de mucho provecho.

-          Gracias, espero que den pronto con ese criminal y reciba su merecido. Supongo que mañana por la mañana podré entregar el cadáver a la familia.

-          Gracias, una vez más doctor, ha sido muy interesante su análisis —se despidió Torres, dándole la mano al doctor.

-          Sí, eso mismo, hasta luego doctor —Ramírez por su parte, evitó dársela. Era escrupuloso y más sabiendo lo que acababa de tocar.

Doc. Nº 1

 

 

Una vez fuera de la sala.

-          ¡Por Dios!, ¡Torres!, hubieras estado toda la noche ahí dentro. Necesito que me dé el aire fresco, menos mal que hace frío, solo me faltaba que fuera una noche de esas… de agosto… ¡Coño! —se quejó.

Torres, no pudo reprimir, sonreír. La escena era cómica, él sin embargo, por funesto que fuera, se sentía satisfecho por lo aprendido. Nunca había tenido oportunidad de presenciar una autopsia o parte de ella y departir con el forense. Lo consideró muy didáctico e interesante.

-          Bueno, dime, qué es eso que tanta ayuda nos ha representado todo lo que ha dicho el forense.

-          Pues… ahora conocemos más o menos, la altura del asesino, que sus ropas están o pueden estar, manchadas de sangre, y sabemos que no es fácil limpiarlas. Lo más importante, es que parece ser que solo fue uno, el asesino y no varios. Algo para empezar tenemos. Vamos a comisaría.

-          ¿Para qué?

-          Consultaremos las fichas de los delincuentes. Empezaremos por descartar aquellos, cuya altura sea inferior a metro setenta, ¿te parece?

-          Sí, claro, y que no superen los dos metros.

-          Bueno está bien, no había caído en ello —dijo Torres sin esperar respuesta, entendiendo el sarcasmo de su compañero.

El resto del servicio transcurrió reuniendo información que ayudará a iniciar sus pesquisas, en cualquier sentido.

Como de costumbre, al salir fueron a tomar el café.

-          Para esta noche, ya tenemos cosas que hacer, ¿eh? —dijo Ramírez a su compañero.

-          Sí, ya lo creo, lo difícil será dar con los que tenemos previsto visitar. Supongo que mañana tendremos que ir por la tarde al velatorio de López, ¿te parece?

-          Sí claro, podemos quedar sobre las ocho de la tarde en el velatorio y de allí partimos e iniciamos el servicio.

-          De acuerdo, que descanses.

-          Lo mismo digo.

Juan, estaba entusiasmado, tenía muchas ganas de llegar a su domicilio y contarle a su cherrina, todo lo que había aprendido con el forense y el convencimiento de apuntarse en la universidad de Medicina, lo antes posible. Lo difícil sería compatibilizar el servicio, los estudios, los niños…, en fin, tenía ilusión y empeño. Si se lo proponía lo haría.

Eran las siete cuarenta y cinco minutos de la mañana, cuando al introducir la llave en la cerradura de la puerta, escuchó el llanto de su pequeño Juan Jesús, no pudo evitar alzar la mirada hacia arriba, esperando una ayuda divina que le permitiera descansar, lo necesitaba.

 

            Domingo, 3 de enero de 1954

Antes de salir de su domicilio, Torres, telefoneó a la comisaría para cerciorarse que el velatorio del compañero, estaba instalado.

Durante el trayecto en el autobús, no paraba de pensar en la idea de matricularse, además a cherrina, le encantó la idea, con la esperanza de que dejara el Cuerpo General de Policía. Cuestión que, por supuesto él, ni se planteaba.

Al llegar al velatorio instalado en el propio pabellón donde se encontraba la morgue, pasó a saludar a la viuda.

Se presentó:

-          Buenas tardes señora Josefa López. Soy Juan Torres Rojas, compañero de su marido.

La viuda intentando dar muestras de entereza, miró al recién presentado.

-          Águeda, Josefa Águeda. López era mi marido —dijo.

-          Claro…, discúlpeme señora Águeda.

-          Usted… es uno de los inspectores que llevan el caso, ¿verdad?

-          Agente de 2ª Clase, sí —contestó Torres.

-          Sabe si sufrió antes de morir.

-          Por lo que hemos averiguado del resultado de la autopsia… no. Clemente se derrumbó al recibir el primer golpe.

-          Sé por mi marido que son buenos, muy buenos, en su trabajo. Por eso no tengo duda, que más pronto que tarde, cogerán al asesino de mi marido. Tengan mucho cuidado, no se dejará detener sin oponer resistencia.

-          Lo tendremos en cuenta señora Águeda. Cogeremos a ese sinvergüenza y pagará por lo que ha hecho.

-          Aunque sea una satisfacción, no me devolverá a Clemen. Gracias, todos sus compañeros se están portando muy bien con nosotros.

-          Es lo mínimo que podemos hacer. Tengo una pregunta que hacerle, señora Águeda.

-          Dígame inspector.

-          Su marido… disponía de un permiso solicitado y concedido, para ésta Pascua.

-          Sí, así es.

-          Pero sin embargo, estaba de uniforme y en el peor momento.

-          Sí, lo sé.

-          Según parece se iban a desplazar a una población de Gerona.

-          Sí…a Caldas de Malavella —dijo la viuda.

-          ¿Entonces…?

-          No sabría decirle inspector, Clemente tenía un carácter muy… irascible. Unos días antes, estuvo con unos amigos de la fábrica de vidrio, donde había trabajado anteriormente… y eso evitó poder desplazarnos para ver a su familia.

Torres, dudó. La explicación de la viuda, era un tanto ambigua, parecía como si ocultara algo.

-          No comprendo muy bien lo que quiere decirme… discúlpeme.

-          Mi marido y yo, no estábamos muy bien. Nuestra relación era un poco… forzada por nuestro pequeño, ¿entiende?

-          Ya, comprendo —dijo Torres—. Discúlpeme no quiero molestarla más y menos en estos momentos.

-          No se preocupe, inspector. Le tenía cariño, era el padre de mi hijo, pero…

Juan le dio dos besos como despedida, intentando consolar a la viuda.

Mientras esperaba a su compañero Ramírez, decidió entrar en la sala de autopsias y ver al forense.

Éste lo vio antes a él.

-          ¡Inspector Torres! —saludó.

Se dio la vuelta.

-          Agente de 2ª —rectificó—Espero no entretenerle doctor Coll. Quería conocer si tenía algún dato más que nos ayude a conocer mejor al asesino.

-          Nada relevante en cuanto a detalles de su muerte. Del resto, sus órganos estaban perfectamente de acuerdo con su edad y costumbres, ya sabe, fumador.

-          Ya…, quería agradecerle lo mucho que me ayudó la lección forense de ayer noche, por muy aciaga que fuera.

-          Yo como imagina, estoy acostumbrado, ninguno de mis pacientes se queja. Lo cierto es que el contacto cotidiano con la muerte…, te torna frío, con los sentimientos de los demás.

-          Si lo dice por…

-          No, no se moleste inspector, no es por eso. Sepa que puede venir cuando quiera, aunque el cadáver no tenga que ver con su investigación, para mí sería…una compañía, normalmente estoy siempre solo en la sala de autopsias. Bueno, solo me refiero a la compañía de alguien más con vida, claro.

-          Se lo agradezco mucho…y le tomo la palabra, me verá en más de una ocasión, seguro doctor.

-          Sé que no debo preguntar, pero ¿cómo va la investigación?

-          Ayer con los datos que obtuvimos, precisamente de usted, iniciamos una primera criba de posibles delincuentes. Ahora cuando llegue Ramírez, iniciaremos las primeras indagaciones.

-          Bien, les deseo mucha suerte y buen servicio.

-          Gracias doctor Coll, igualmente le deseo.

Cuando salió al exterior, vio a su compañero fumando en el banco de la plaza.

-          Me han dicho que estabas dentro —dijo a modo de saludo, cuando lo vio salir.

-          Sí, he entrado para preguntar al doctor si había visto algo más que nos ayudara.

-          Y…

-          Nada nuevo, está claro cómo murió.

-          Vale, pues pongámonos a trabajar. Empecemos por el garito que frecuenta José, «El Pescaíto».

 

Durante el trayecto, Torres comentó con su compañero la conversación mantenida con la viuda.

-          Es extraño lo que me cuentas —dijo Ramírez.

-          Bueno parece que la relación de pareja, no era lo fluida que se espera.

-          Sí, pero de ahí a estar unos días sin ir a su domicilio, y en estas fechas…

-          Raro es —dijo Torres—, pero eso no cambia la situación ¿no crees?

-          No…claro, pero la cuestión es que hacía López con el uniforme reglamentario, solo, en esa zona.

-          ¿Qué quieres decir?

-          No lo sé. Tan solo es especular, para intentar explicar el motivo. ¿Me entiendes?, que no fuera una cuestión personal, de algo lóbrego.

-          Encima…no tenía dinero, únicamente en sus pertenencias habían dos pesetas en billetes y algunos céntimos —dijo Torres.

-          Ya… pero…, es extraño —terminó Ramírez.

-          ¿Es posible que no llevara la pistola? —preguntó Torres, para sorpresa de su compañero.

-          ¿Por qué lo dices?

-          No lo sé, pero si no estaba de servicio… es una posibilidad.

-          No lo habíamos contemplado. Pero sin embargo, sí llevaba los correajes puestos.

-          Sí, es cierto. ¿Para qué ponérselos, si no portaba el arma?

-          Eso creo yo —Ramírez, quedó pensativo. La nueva teoría surgida, no carecía de potencial.

 

El tal «Pescaíto», era un delincuente habitual, ya había sido detenido anteriormente por los dos inspectores. Sus delitos eran menores, propios de; carterista, descuidero y otros del estilo. Nunca había cometido atracos, ni siquiera robos de índole mayor. El interés en hablar con él, era más bien de carácter informativo.

Cuando les vio entrar en el club de alterne que solía frecuentar:

-          No he hecho na… ¡eh!, señores inspectores.

-          Bueno eso lo debemos decidir nosotros, ¿no crees «Pescaíto»?

-          Bueno si, ustedes…ya me entienden.

-          ¿Una servesita? —preguntó, en tono cercano—, aquí no hay café y cosas desas que toman ustedes.

-          No hace falta, estamos servidos, gracias. ¿Hablamos en privado? —dijo Ramírez señalando uno de los reservados.

-          Vale…pero yo no lo pago, eh.

-          No te preocupes, la casa invita, ¿verdad? —dijo Torres mirando al dueño que se encontraba tras la barra.

Éste no contestó, pero asintió con la cabeza. Le caían bien los dos inspectores, sabía que no eran de los que buscaban la consumición gratuita por el mero hecho, de ser inspectores del Cuerpo General de Policía.

Una vez dentro del reservado:

-          Suponemos que has oído algo, sobre el asesinato de nuestro compañero, ¿verdad?

-          Sí, claro… pero yo no sé na deso. Ustedes me conocen y saben que no me meto en esos líos.

-          Estamos aquí para que nos eches una mano. Si has oído algo, o si lo oyes, queremos que nos avises de inmediato.

-          No se na, no tengo ni idea de quien ha podío cargarse al gris… —se dio cuenta que había «metido la pata», al referirse al policía asesinado.

-          Mira… «pescaíto», no nos toques los cojones —Ramírez cambió el tono. Sabía que era lo único que hacía entender al protervo, que la cosa iba en serio—, si estamos aquí, es porque sabemos que, queriendo o sin ello, tú, puedes saber u oír algo. Sabes que nosotros nos portamos bien contigo.

-          Sí, no se preocupen ustedes, señores inspectores —José, abandono el amiguismo en el momento— si me entero de algo, enseguía, corro y les digo.

-          Más te vale, «Pescaíto» —dijo Torres—, nos afecta directamente, cuidado no te eche el diente un tiburón, y…

-          Lo sé, lo sé…, pueden irse tranquilos, que si por mí depende, ese asesino, será de ustedes.

Cuando abandonaron el club, lo hacían seguros que el «Pescaíto», nada sabía, de momento.

-          Vamos a darnos una vuelta por las putas del cementerio, a ver si han oído algo —dijo Ramírez.

Sobre las cinco de la mañana, no habían obtenido nada significativo, que les condujera a seguir una pista plausible.

Barnés, cuando les vio entrar, les hizo señas para que le dieran novedades.

-          Nada comisario —Ramírez, procedió a dar completa información de los pasos dados durante su servicio.

-          Tarde o temprano, dará un golpe ese asesino —dijo.

-          Esperemos que no sea con más muertos.

-          Ahora tiene un arma, lo hace más peligroso. Ha matado a un policía. Nada le detiene, sabe lo que le espera si lo cogemos —sentenció Barnés.

-          Eso es lo que sabemos…de momento —dijo Torres.

-          Los compañeros, están haciendo una colecta para los Reyes del chico de López. Lo lleva Gómez, creo que quieren disfrazarse de paje o de rey, no lo sé.

-          Ahora nos informamos. Inspector —dijo Ramírez— ¿Se sabe algo del motivo por el que López estaba de servicio?

-          Sí, parece que cubrió una baja, ¿por qué?

Torres refirió al comisario la conversación con la viuda.

-          Hombre lo que dice, da pie a pensar posibles circunstancias a tener en cuenta. Pero no creo que estuviera en nada sucio. Le preguntaré a su capitán, a ver si puede ampliarme la información. Ya sabéis, los militares son muy suyos —dijo mirando a Torres.

-          Sí —dijo el aludido—, pero jamás encubrirían a un impúdico.

-          Tampoco quería decir eso —dijo a modo de disculpa Barnés.

-          Comisario —dijo Torres—, hemos pensado en la posibilidad que López no portara el arma.

-          ¿Por qué?

Explicó la teoría que surgió a modo de posibilidad.

-          No lo creo, su viuda nos hubiera puesto al corriente de ello. Además, ya han pasado por el domicilio los inspectores de armería para comprobar si guardaba munición.

-          Nos quedamos más conformes así —finalizó Ramírez.

-          Está bien, id a descansar.

Salieron los dos inspectores, en busca del recolector. Querían participar en la causa, como por otra parte era costumbre. De la misma forma, en todas las comisarías de la ciudad, los compañeros del asesinado, reunían, con una postulación, una cifra que ayudara a la viuda e hijo económicamente, al menos los primeros meses.

 

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